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sábado, 20 de agosto de 2016

LA VOCACIÓN DEL CATEQUISTA


Autor: Gustavo Daniel D´Apice 
LA VOCACIÓN DEL CATEQUISTA.
Vocación y espiritualidad del catequista y agente de pastoral.



La catequesis (etimológicamente “según el eco”) consiste en la educación ordenada y progresiva de la fe (tiene un comienzo, un desarrollo, y no termina nunca –es “permanente”-).

Implica un llamado de Jesús y de la Iglesia para serlo.
Un llamado que requiere en quien lo recibe una escucha y, para que se transforme en vocación, necesita la respuesta positiva (de fe) de aquel o aquella a quien va dirigido.

Este llamado-escucha-respuesta. según el documento de Puebla en los Nº 994-998, implica lo siguiente:

1º) Fidelidad a Jesús Resucitado, a su Palabra (CEC 75.100) tanto escrita (Sagrada Escritura), como oral (Tradición Viva a través de la Sucesión Apostólica de los Obispos, que se remonta a la Comunidad Apostólica formada por Jesús y los Apóstoles). Ambas interpretadas auténticamente por el Magisterio de la Iglesia (compuesto por el Papa y los Obispos en comunión).

La inteligencia de esta Palabra crece cuando los fieles la leen, estudian y contemplan en forma orante, y cuando la proclaman los Obispos, que por la Sucesión Apostólica poseen el carisma de la verdad (CEC 94).

2º) Fidelidad a la Iglesia, es decir al Magisterio Ordinario y Extraordinario del Papa y de los Obispos que, como dijimos, por la sucesión apostólica poseen el carisma de la verdad, y que componen el Magisterio de la Iglesia, encargado de custodiar, explicar, aclarar, proclamar la Revelación, tanto escrita (Sagrada Escritura) como oral (Tradición Viva –distinta de las tradiciones eclesiales-CEC 83) CEC 85-87.

3º) Fidelidad al ser humano. Es decir, asumir y purificar los valores de la cultura, de la religiosidad popular (CEC 1674-1676.1679).

Hay que saber descubrir la ausencia o presencia de Dios en lo cotidiano (trabajo – estudio – familia – religiosidad).

4º) Conversión y crecimiento. Es el proceso de seguimiento de Jesús, de su imitación, y del crecimiento en la santidad personal.

El cristianismo es una Persona, y esa Persona es Jesús.
Más que normas, preceptos y mandamientos, que pueden servirnos como un “ayo” (guía) para ir hacia Cristo, el cristianismo es Jesús y su seguimiento. “Ama y haz lo que quieras", decía un santo doctor de la Iglesia: Si amas a Jesús, cumplirás preceptos, mandamiento y normas y mucho más, sin necesidad de que te las impongan ni que te las digan, porque Él mismo te enseñará en tu interior (Jer. 3l, 3l-34), te dará un corazón y un espíritu nuevo (Ez. 36), y vendrá a Tí para cenar juntos como enamorados (Ap 3,20), sin desmerecer por ello a alguien que, en el nombre de Jesús, te las recuerde.

5º) Y la catequesis tiene que ser integradora. 
Es decir, conocer la Palabra de Dios y saber anunciarla.
Celebrarla en la liturgia, principalmente en la Eucaristía, los demás sacramentos, y la Liturgia de las Horas, fundamentalmente en Laudes y Vísperas.
Y Testimoniarla en la vida a través de las virtudes, en el trabajo, la familia, la escuela o Universidad, el barrio, la oficina, el club, etc.

6º) Y todo esto dentro de una metodología ordenada (Puebla 1009)

Pablo VI pedía con acierto la memorización de ciertos pasajes bíblicos, litúrgicos y de oraciones, para irlos “rumiando” durante el día y saberlos proclamar en el momento oportuno.

También conlleva la utilización en la catequesis de audios, dibujos y fotos cristianas. Audiovisuales. Fotopalabra.

Mini medias (pequeños medios de comunicación social), como videocasetes, circuitos cerrados de televisión. Dramatizaciones. Representaciones. Canto coral.

El uso de Internet, que según Juan Pablo II es el nuevo foro (lugar) de evangelización, de cuyas páginas virtuales debe aparecer también el rostro adorable de Jesús, sabiendo buscar y navegar por páginas de edificación cristiana, y sabiendo hacer también aportes a las mismas.

Y la utilización de los Mass Media (grandes medios de comunicación social), como son el cine, el teatro, la radio, la televisión.



7º) Y todo esto en forma “permanente”, es decir, desde la infancia hasta la ancianidad. Ya que el proceso de crecimiento y de unión con Dios es ilimitado.

DECÁLOGO DEL CATEQUISTA


Decálogo para el Catequista


I. Cuidar mi vocación de catequista con la oración y la formación permanente.

II. Estudiar y amar la Palabra de Dios como fuente principal de la catequesis.

III. Crecer en el amor a Cristo, a la Iglesia y a cada hermano.

IV. Desarrollar mi vida espiritual con la vivencia de los sacramentos y la participación activa a favor de la comunidad cristiana.

V. Dar testimonio de Cristo en toda circunstancia.

VI. Trabajar en común unión con los sacerdotes y mis hermanos en la fe.

VII. Preparar con seriedad y creatividad todos los encuentros catequísticos.

VIII. Participar con entusiasmo en los encuentros de formación, de oración y de programación de las catequesis.

IX. Servir con humildad y respeto, confiando más en la acción del Espíritu Santo que en mis méritos.

X. Revisar y purificar mis motivaciones para evitar la rutina y la autosuficiencia.

ORACIONES DEL CATEQUISTA





ORACIÓN DEL CATEQUISTA

Señor Jesús:

Aquí me tienes para servirte
y colocar a tus pies la labor en que estoy empeñado.
Tú me escogiste para ser catequista,
anunciador de tu Mensaje a los hermanos.
Me siento muy pequeño e ignorante,
soy a menudo inconstante,
pero sé que Tú me necesitas.
Gracias por confiar en mí, pequeño servidor tuyo.
Estoy pronto a cumplir esta hermosa tarea
con sencillez y modestia, amor y fe.
Quiero ser instrumento tuyo
para despertar en muchos hermanos:
cariño por tu persona,
confianza en tus promesas,
deseos de seguirte como discípulo.
Bendice día a día mis esfuerzos;
pon tus palabras en mis labios,
y haz que, en comunión con mis hermanos,
pueda colaborar en extender tu Reino.

María, tu que seguiste siempre con fidelidad
las huellas de tu Hijo,
guíanos por ese mismo camino.
Amén.




TRES REFLEXIONES PARA COMPARTIR EN EL DÍA DEL CATEQUISTA


Autor: Pbro. José Luis Quijano | Fuente: http://www.isca.org.ar 
Tres reflexiones para compartir en el día del catequista
Querido hermano catequista, te acerco estas líneas como si fueran parte de una conversación con vos.




Querido hermano catequista, te acerco estas líneas como si fueran parte de una conversación con vos. Tal vez, generen alguna respuesta que quieras enviarme o, sencillamente, el silencio de estar pensando las cosas de la Nueva Evangelización, en un discernimiento que calla y que reza. Tal vez elijas compartir parte de este material con los catequistas de tu comunidad, especialmente ahora que nos aproximamos a celebración de nuestro día.

La Catequesis del Catequista:

Celebrar es, sobre todo, decir “gracias”. Celebramos la vida en cada cumpleaños, celebramos la salud, una intervención médica que salió bien, la sonrisa de nuestros hijos… Cada hecho que celebramos va unido a la gratitud. En el día del catequista demos gracias por ellos, por su identidad y vocación que, con silencio y mucha humildad, van construyendo el Reino de Jesús.

El catequista está llamado a ser entrañablemente él mismo. En la verdad y en la hondura de su identidad resuena el llamado de Dios que lo convoca a ser eco de Cristo, para que muchos hombres y mujeres se encuentren con Él. ¡Cuánta sintonía y cuánta fidelidad! ¿Cómo hacerse eco auténtico? ¿Cómo no ser una caja de resonancia de otras voces y de otros ruidos capaces de distorsionar la verdadera identidad?

En esta disyuntiva existencial: ser o no ser lo que Dios lo invita a ser, queda implicada la naturaleza humana del catequista. Caída y redimida. Débil y fuerte. Imperfecta y llamada a la plenitud. Sería impensable un catequista desprovisto de la gracia de Dios. Sería impensable un catequista errante, náufrago de procesos educativos incapaces de albergarlo.

La naturaleza humana, abierta al auxilio divino de la gracia y al auxilio humano de la educación, se perfecciona y se hace más imagen y semejanza de Dios. Se hace tierra fértil en la cual Cristo crece, configurando en la personalidad del catequista todas las virtudes que lo hacen capaz de ser lo que Dios lo invita a ser.
En este proceso educativo, la catequesis ocupa un lugar propio e inconfundible. A ella le corresponde la educación de la fe. Y el catequista, como hombre de fe, necesita ser permanentemente educado en esa misma fe que profesa.

Para ser entrañablemente él mismo, el catequista necesita hacerse destinatario de la catequesis. Destinatario de itinerarios formativos diseñados para él, en los cuales la educación en la fe sea intencional y sistemáticamente favorecida. En el integral entramado de dimensiones diversas asumidas por la formación de los catequistas, tendrá un lugar privilegiado la educación de la fe, como virtud teologal que ha de ser sostenida, fortalecida, animada, informada y testimoniada a lo largo de toda la vida.

Pero, para ser entrañablemente él mismo, el catequista necesita hacerse destinatario, también, de los procesos catequísticos diseñados para sus catequizandos y catecúmenos. Allí, en la siempre nueva dinámica del encuentro y del proceso catequístico, allí Dios obra produciendo siempre lo inimaginable. Allí, en el misterio de una metodología y de unos recursos siempre imperfectos, Dios logra, una vez más, como aquel día junto al pozo de Zicar, que los discípulos sean testigos. Y el catequista se hace destinatario de lo que los catequizandos y catecúmenos dicen.


Catequistas, hagamos todo lo que Jesús nos diga:

Compartimos nuestra realidad catequística, con situaciones nuevas y antiguas y amada siempre por Dios. Él sigue suscitando vocaciones catequísticas en hombres y mujeres que, en medio de esta realidad y enviados por la Iglesia, quieren responder como discípulos-misioneros al llamado de Jesús Buen Pastor.

Los catequistas estamos esencialmente unidos a la comunicación de la Palabra. Nuestra primera actitud espiritual está relacionada con la Palabra contenida en la Revelación, predicada por la Iglesia, celebrada en la liturgia y vivida especialmente por los santos.[1] Y es siempre un encuentro con Cristo, oculto en su Palabra, en la Eucaristía, en los hermanos. Apertura a la Palabra significa, en definitiva, apertura a Dios, a la Iglesia y al mundo.

Cuando los catequistas realizamos nuestro ministerio, es decir cuando conscientes de nuestra propia fe nos ponemos al servicio de nuestros hermanos para ayudarlos a crecer en la fe, aprendemos a mirar el mundo desde una óptica: la del Magníficat. Se trata de una mirada creyente, capaz de ver los signos de esperanza. Mirar la realidad con los ojos de María significa ver el bien también ahí donde todavía no germinó.

Los ojos de María, que buscan a Jesús, saben encontrarlo y, en ocasiones, invitarlo a mostrar signos concretos para que el mundo crea, como en las bodas de Caná.[2] Con esa mirada creyente, los catequistas somos anunciadores del Reino. El mundo hoy, como ayer y como siempre, tiene derecho al anuncio. No se lo puede privar de él. Y, si bien todos los bautizados hemos sido convocados a esa tarea, a los catequistas nos compete de modo especial.

El corazón creyente sabe darse cuenta de que el mundo es amado por Dios, sostenido por su amor. Muchas veces los catequistas somos pobres de recursos, de medios, pero por la gracia de Dios representamos una fuerza de cambio extraordinaria. Donde está Jesús, ahí está su Reino, allí madura la esperanza, allí es posible tomar el amor que da vida. El encuentro con Jesús nos hace testigos creíbles de su Reino, nos asemeja a Él, hasta transformarnos en memoria viviente de su modo de existir y de obrar.


Mirar la vida con ojos de creyentes:

Los catequizandos y catecúmenos llegan desde distintos caminos… Con historias de vida y con experiencias de fe diversas. Los catequistas, muchas veces preocupados por unos contenidos a transmitir, obviamos ingenuamente una mirada profunda a lo que ellos han vivido y a lo que creen realmente.

Usamos mucho la palabra “itinerario”, pero más de una vez la reducimos a la simple categoría de “programa” o de “listado de contenidos” preestablecidos. Nos atamos a un deber ser que se olvida de enraizar la vida de las personas y sus procesos anteriores en este nuevo camino que emprendemos en la Catequesis Familiar.

Tal vez este breve y antiguo relato pueda ayudarnos a expresar sencillamente lo que queremos decir.

Una vez un explorador fue enviado por los suyos a un perdido lugar en la selva amazónica. Su misión consistía en hacer un detallado relevamiento de la zona. Como el explorador era experto en su oficio, hizo su tarea con pericia y extremo cuidado. Ningún rincón quedó sin haber sido explorado.

Averiguó cuáles eran los vegetales y los animales del lugar, las características de cada época del año, los secretos del gran río que atraviesa toda la región, las lluvias, los vientos, las posibilidades para la vida del hombre en aquel remoto lugar…

Cuando, por fin, creyó saberlo todo, decidió regresar dispuesto a transmitir a los que lo habían enviado el cúmulo de conocimientos adquiridos.

Los suyos lo recibieron con expectativa… Querían saberlo todo acerca del Amazonas. Pero el avezado explorador se dio cuenta, en ese momento, de la imposibilidad de responder al deseo de su pueblo. ¿Cómo podría él transmitirles la belleza incomparable del lugar, o la armonía profunda de los sonidos nocturnos que solían elevar su corazón? ¿Cómo podría compartir con ellos la sensación de profunda soledad que lo embargaba por las noches, el temor que lo paralizaba ante las fieras salvajes del lugar o la inusitada sensación de libertad que lo embargaba cuando conducía la canoa a través de las inciertas aguas del río?

Entonces, después de pensarlo, el explorador tomó una decisión y les dijo: “_ Vayan y conozcan ustedes mismos el lugar. Nada puede sustituir el riesgo y la experiencia personales”. Pero tuvo miedo… Si algo les pasaba… Si no sabían llegar… Entonces hizo un mapa para guiarlos. Todos hicieron copias, las repartieron y se fueron al Amazonas provistos del conocimiento encerrado en el mapa recibido.

Todos los que tenían una copia se consideraron expertos. ¿Acaso no conocían, a través del mapa, cada recodo del camino, los lugares peligrosos, la anchura y la profundidad del río, los rápidos y las cascadas?

Sin embargo, el explorador lamentó durante toda su vida haberles dado el mapa… Hubiera sido mejor no dárselos.

Esta narración tiene, tal vez, mucho que decir a nuestro ministerio catequístico. No se trata de ayudar a los catequizandos a explorar la selva, introduciéndolos en los vericuetos o en los preciosismos de una detallada información doctrinal, sino de ayudarlos, fundamentalmente, a encontrar al Dios de Jesucristo.

Si bien es cierto que la catequesis incluye tareas de instrucción, iniciación y educación, también es verdad que ella es un ministerio al servicio de la fe. Se trata, sobre todo, de favorecer que nuestros interlocutores vivan su propia experiencia de fe, siempre única, personal e intransferible.

Cuando los interlocutores de la Catequesis comienzan a vivir su fe así, como auténticos exploradores, con cierto riesgo y embarcándose en una especie de “aventura personal”, podemos decir que este “nuevo nacimiento” los afecta por entero y los abre a una realidad nueva, a una manera nueva de realizar la existencia.

Tal vez ellos, en sus caminos anteriores, ya han recibido muchos mapas y están, por eso, convencidos de ser verdaderos expertos en las cuestiones de la fe… Pero no aciertan a mirar la vida con ojos de creyentes. Tal vez esos mapas los han decepcionado, no los han llevado al encuentro con Jesús y los han mantenido en cuestiones externas que critican duramente o que aceptan, con resignación o sin reflexión.

Tal vez nosotros mismos, sus catequistas, les ofrecemos ciertos mapas prefabricados, que nos sirvieron a nosotros; pero que no les sirven a ellos. Les indican caminos que nosotros mismos hemos recorrido, con más o menos acierto, pero no los dejan explorar y aventurarse para encontrarse, por fin, con el Señor.

Tampoco se trata de improvisar o de dejarlos solos. Quizás va siendo hora, de desentrañar el significado y la hondura de una pedagogía que Jesús conocía muy bien: el acompañamiento. Ese caminar junto al que busca, permitiéndole que siga buscando… Ese caminar, al principio casi imperceptible y después tan encarnado en la vida del catequizando.

Un caminar que no violenta, que no apura, que no se detiene y que, recorriendo la Palabra, va dejando llegar… Cada uno lo hace a su tiempo, con respeto a los tiempos del otro, y según sus posibilidades. Pero, por fin, arde el corazón y se produce el encuentro que se celebra con el Pan compartido. La pedagogía del acompañamiento no traza mapas, sino que recorre y acompaña los caminos personales y comunitarios de búsqueda.

Como catequistas, podemos proponernos indagar por aquí algunas de las respuestas pendientes al actual fracaso de la iniciación cristiana. Quizás así sea posible iniciarse o retornar a la fe, desechando antiguos mapas y aprendiendo a mirar la vida con ojos de creyentes.

Pbro. José Luis Quijano

Y DIOS CREÓ A LOS CATEQUISTAS


Y Dios creó a los catequistas…

Cuando Dios creó el mundo, un día antes de darlo por terminado, Dios encomendó a sus ángeles la tarea de recorrer de nuevo el mundo y ver si faltaba algo por hacer. Un ángel llamado Juan, le contestó: “Señor, mil veces nos has enviado a ver si faltaba algo, ya te hemos dicho que todo quedó muy bien” Y Dios se fue a dormir.

A la mañana siguiente, Dios madrugó más de lo normal, y aún en pijama se asomó a la ventana y vio que el hombre estaba talando bosques, matando focas, robando a sus empleados, e inventando armas para pelear por el petróleo, antes aún de descubrirlo. Dios mandó a sus ángeles bajar a la tierra a indagar que había hecho mal y corregirlo.

Muchos días después, los ángeles subieron a Su presencia.

“Señor, te tenemos que dar una mal noticia. Toda tu obra ha quedado perfecta salvo una cosa: el corazón del hombre se rasga con cada palabra que pronuncian otros hombres, y en cada grieta se cuelan unos sentimientos extraños que Tú no creaste y que el hombre mismo les ha puesto nombre: odio, celos, rencores, ambición...”

“Nosotros hemos cerrado sus heridas con Tus palabras y con Tus sentimientos, pero no basta con cerrarlas una vez; se vuelven a abrir continuamente, el corazón del hombre te ha quedado algo olvidadizo y frágil. Habría que estar todo el día a su lado”

Un ángel propuso: “Sólo cabe una solución, has de destruirlo y volverlo a crear de nuevo, mejorando su corazón; el de los elefantes te quedó muy bien, podrías copiárselo”

Dios contestó: “No sería mala idea si no fuera que les he tomado ya tanto cariño, y hasta tengo escogido de entre ellos algunos para grandes misiones. Creo que es mejor solución la que dijiste antes: que haya ángeles en medio de ellos, constantemente cerca, para cerrar sus heridas y sanarles el corazón y para hablarles de mí y de nuestro proyecto común, a todas horas, en toda ocasión, a tiempo y a destiempo. Id todos…” 

Y así fue como Dios creo a los catequistas… 
Natalio Saludes OFM

ORACIÓN DEL CATEQUISTA


ORACIÓN DEL CATEQUISTA

Me has llamado, Señor,
a continuar tu obra de anuncio del Reino
que inaguró entre nosotros
Jesús, tu Hijo y nuestro hermano.

Con los profetas te quiero gritar:
Mira, Señor, que no soy más que un joven
que no sabe hablar.
Pero, a pesar de todo, 
aquí estoy para hacer tu voluntad
y proclamar a todos
que Tú eres el Dios de la Vida
el Dios de la Misericordia.

Tú, Señor, conoces muy bien
toda mi vida y mis dudas;
mis fragilidades y debilidades.

Solo quiero que mi vida esté a tu disposición
como lo estuvo la de María,
creyente sencilla y Madre buena.

Señor, que sepa hacer resonar
tu mensaje en mi comunidad,
en el lugar donde vivo
para que la buena noticia llegue a todos
y el mundo crea en el Evangelio.

Amén

ORACIÓN DEL CATEQUISTA

Oración del catequista

Señor haz que yo sea tu testigo, para comunicar tu enseñanza y amor.
Concédeme poder cumplir la misión de catequista 
con humildad y profunda confianza.
Que mi catequesis sea un servicio a los demás, 
una entrega gozosa y viva de tu evangelio.
Recuérdame continuamente que la fe que deseo irradiar 
la he recibido de ti para los que me confías.
Hazme verdadero educador de la fe atento a la voz de tu Palabra,
amigo sincero de los demás, especialmente de mis hermanos catequistas.
Que sea el Espíritu Santo quien conduzca mi vida 
para que no deje de buscarte y quererte,
para que no me venza la pereza y el egoísmo, para combatir la tristeza.
Señor: unido a ti y a la Iglesia y a tu Madre María,
sepa yo guardar, como ella, tu Palabra y ponerla al servicio del mundo.
Amén.


San Juan Pablo II

EL PADRE NUESTRO DEL CATEQUISTA

Padre Nuestro del Catequista

Padre, Padre Dios.
Que no es lo mismo que decir Supremo, Magnífico, Todopoderoso, Excelsísimo. Simplemente Padre, Papá. Papito.

Y además, Padre Nuestro, de todos.
No te decimos cada uno por su cuenta, "Padre Mío" expresión de uso exclusivo y egoísta.
Te decimos Padre Nuestro porque nos reconocemos hermanos de todos los hombres e hijos privilegiados tuyos.
Un Dios que eligió amarnos y darnos la vida por amor. Un Dios que quiso crearnos hijos. Ni súbditos, ni esclavos: Hijos.
Por eso, te decimos: "Padre", Te decimos "Nuestro" y nos comprometemos a presentarte así ante nuestros hermanos; Que nuestra actividad catequística siempre ayude a mostrarte como Padre. A contar tus maravillas y a transmitir Tu Amor, a los que no saben de Él.

Padre Nuestro que estás en el cielo.
Reconocemos que son lo más grande que hay; Que estás en el cielo.
Pero no un "cielo" lejano; un "cielo" que es Reino tuyo que ha sido anunciado a nosotros, tus hijos. Y que podemos empezar a vivir desde ya.

Santificado sea Tu Nombre!
Sí, que todos los hombres te conozcan y reconozcan Tu Nombre por sobre todo nombre. Que nadie hable blasfemia en nombre tuyo; que no se mate ni se robe, ni se censure, ni se discrimine en Tu Nombre, como muchos lo hacen.
Que Tu Nombre sea Santificado. Respetado, Conocido por los hombres.
Que nuestra labor como catequistas contribuya a difundir tu nombre y que podamos hacerlo con claridad y transparencia. Que nunca nos anunciemos "a nosotros mismos", buscando prestigio o ascendiente delante de los demás sino que siempre te anunciemos a Vos.

Padre Nuestro, que Venga a nosotros Tu Reino.
Tu Reino de justicia, paz, amor y libertad. Que venga a nosotros ya.
Que seamos capaces de empezarlo a vivir en medio de los abatares cotidianos. Que nuestra catequesis sean verdadero anuncio del reino.
Que hagamos una catequesis profética, en la que el anuncio y la denuncia aporten sabiduría a nuestra comunidad. Que sepamos leer tu paso por la historia.
Padre Nuestro Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Te pedimos con insistencia, que se realice Tu Voluntad, en el mundo, entre nosotros, como ya se realiza en el Reino.
Que seamos capaces de darnos cuenta que Tu Voluntad es, como dice Pablo: "Que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la Verdad". Que seamos capaces de comprender que Tu Voluntad es, como dice Jesús: "Que nos amemos los unos a los otros como Él nos amó". Ayúdanos a ser claros para contar a todos esta, la esencia de Tu Voluntad. Que nuestra catequesis permita descubrirla y sea el camino para vivirla.

Danos hoy nuestro pan de cada día.
Te lo pedimos con toda confianza. Danos el pan como nos diste la vida, danos el alimento material y espiritual de tu mano providente.
Confiamos en Vos, aunque sabemos que debemos poner nuestro esfuerzo y nuestro trabajo para ganar ese pan. Padre, nuestra petición no es pasiva, es compromiso porque decimos con San Benito que te rezamos como si todo dependiese de Vos pero queremos hacer nuestro trabajo como si todo dependiese de nosotros. Que así sea en nuestra catequesis. Que nuestra dedicación y nuestro esmero sea como si
todo dependiera de nosotros pero sin olvidar que la conversión de la persona siempre depende de Vos.

Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
Y también perdona esta audacia de pedirte que nos perdones de la misma manera que nosotros perdonamos, mejor, enséñanos a perdonar como sabemos que Vos perdonas. Enséñanos a amar como Vos nos amas.
Enséñanos a ser misericordiosos como Vos sois misericordioso.
Enséñanos a ser perfectos como Vos sois perfecto. Que nuestra catequesis sea verdadera escuela del perdón. Que aprendamos a arrepentirnos del mal que cometemos. Que aprendamos a dolernos de los males que provocamos. Que aprendamos a decir perdón por todas nuestras fallas.

Padre Nuestro no nos dejes caer en la tentación.
Sabemos que estamos rodeados de tentaciones y sabemos que no sois Vos quien nos tienta sino el Mal. No te pedimos que nos esquives las tentaciones, siempre van a estar pero danos tu espíritu para no "entrar en su juego".
Los catequistas estamos tentados por muchas cosas. Las tentaciones comunes de cualquier mortal y las tentaciones propias de nuestro ministerio catequístico. Muchas veces nos creemos mejores que otros por ser catequistas o somos soberbios en nuestra fe o nos consideramos "superados" en nuestra relación con Vos. Es una gran tentación, Padre. Porque, muchas veces, no sabemos aprovechar como es debido Tu cercanía y tu confianza.

Padre Nuestro, líbranos del mal.
No te pedimos que nos saques del medio del mundo. Te pedimos que nos libres del mal aunque tengamos que convivir con Él. El horror, el hambre, los abusos y atropellos a las personas, el egoísmo, la mentira, el error, el pecado....
El mal. Líbranos del mal.

Padre Nuestro, nos ponemos en tus manos.
Somos catequistas por obra de Tu Gracia y no por nuestros méritos.
Que seamos dignos de anunciarte y encender la llamita del fuego sagrado en el corazón de los hombres.
Necesitamos tenerte cerca para sentirnos seguros y andar por el camino de la vida teniéndote a Vos, por compañía.

Amén.

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